miércoles, 10 de mayo de 2017

Iluminaciones

Cuando Walter Benjamin dilucidaba el potencial de transformación democrática que identificó en las tecnologías de reproductibilidad técnica, seguramente no llegó a imaginar que a principios del siglo XXI su tesis ya habría sido capturada por el sistema capitalista en su fase informática y financiera. Sí, la publicidad y la propaganda no sólo fueron utilizados por el fascismo y el stalinismo, alternativas a la crisis producida por el capitalismo industrial, colonialista y monopólico, sino también fue la herramienta fundamental para hacer circular los valores del consumo, el confort y la calidad de vida de la clase media estadounidense a partir de la década de los cincuenta. De querer imitar y sentirnos a gusto con patrones de vida que, pasivamente, recibíamos a través del cine y la televisión ahora estamos ante un nuevo fenómeno que no comprendemos del todo, pero igual ansiamos formar parte: las redes sociales. 

Hace unos meses sostuve una conversación sobre tecnología y oportunidades de trabajo con mi sobrino que actualmente reside en Barcelona con su novia. Este me decía, en su reciente descubrimiento y pasión por la fotografía digital, que lo importante en este momento no era el conocimiento y experiencia sobre un área del saber o dominar un arte técnico sino la cantidad de seguidores y "likes" que tuvieras en las redes sociales por los materiales que ponías -"colgabas"- en circulación en el Internet. Para una persona que lleva toda su vida estudiando y leyendo libros como única fuente confiable de adquisición de conocimiento, pues, aquello resultaba desconcertante. Mi sugerencia fue animarlo a que estudiara fotografía en España y se tomara en serio el saber fotográfico, arte que el mismo Benjamin y Sontag identificaron como característico de las nuevas maneras de expresión, en una era donde el consumo de la imagen y la pulsión escópica marcaban la pauta. 

A eso me refiero, al cambio brusco que hoy tenemos ante nuestros ojos y aún no logramos entender del todo. Las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) están muy lejos de ser aquel instrumento usado por los publicistas del siglo XIX, en plena era de expansión del capitalismo industrial. Este asunto se le ha escapado de las manos incluso al mismo Jürgen Habermas cuando analizaba la conformación de la opinión pública y cómo esta se convertía en uno de los tantos efectos de la modernidad, de aquella modernidad contradictoria y problemática de la que los interesados en la cultura solemos escrutar e interpelar. Toda la conmoción que han causado los recursos digitales apenas es captada por un puñado de jóvenes geeks que resultan una minoría suscrita a ese lenguaje críptico usado por hackers, incluyendo los programadores neófitos. Los demás se dedican a travesear y retozar con los recursos y aplicaciones que sus dispositivos electrónicos ofrecen: desde la TV-serie Mr. Robot, el movimiento Anonymous, The Matrix y Sense 8, hasta el reto macabro de la Ballena Azul, estamos ante un uso de la tecnología que escapa a nuestra comprensión y se encuentra al servicio de un proceso de despolitización y abandono de lo social como nunca soñaron ni siquiera los regímenes más totalitarios; la ficción sí lo ha identificado, pero es visto, y consumido, como entretenimiento. 

Imagino a Benjamin caminando por las calles de Paris analizando objetos de consumo y teorizando sobre sus usos e implicaciones en lo social, pero aquello se me hace tan lejano en la actualidad. Las Iluminaciones benjaminianas son ventanas que muestran una parte, quizás la más benigna, de las tecnologías en plena era de su reproductibilidad. Ahora el problema es distinto, requiere de novedosas herramientas teóricas que rebasen la clásica desconfianza hacia la tecnología que algunos, en una respuesta de conservación primitiva, solemos usar ante la magnitud del desafío. Bauman hablaría de lo líquido, justamente porque esta etapa del capitalismo no se caracteriza por una materialidad sino por una serie de elementos diáfanos e imperceptibles que son los agentes vectores del fenómeno digital. Otros, desde una perspectiva que exalta la alteridad, se apoyan en el conocimiento de culturas precapitalistas como una solución ecológica y ontológica de postergación de la especie; ciertamente lo ancestral aún existe y funciona. Si embargo, mi angustia busca articularse en otra dirección, una que aún sigo construyendo desde el exilio. 

P.D: Termino estas líneas con un fondo musical de Alan Walker, este desde su portátil logró componer varias piezas que hoy en día forman parte de las listas de música más importantes. Por cierto, con apenas 19 años, ha confesado que todo su conocimiento fue adquirido a través de tutoriales en YouTube. 



lunes, 29 de agosto de 2016

(Auto) reconciliación. O lo que ya no se extraña de Caracas

Cuando se vive del recuerdo es muy difícil establecer una diferencia entre aquello que extrañamos porque en realidad formaba parte de nuestro entorno o, en el peor de los casos, resulta una idealización propia de la nostalgia. Eso me ocurre con Caracas. Más que la ciudad en sí y sus iconos, prefiero imaginar recorridos por espacios que poco a poco fui personalizando, hasta el punto de considerarlos bitácoras de percepción subjetiva que me granjearon la fama de ser harto optimista con la capital venezolana. 

En medio de ese caos urbano que siempre ha sido la capital, aprendí a ver cine alternativo, a comprar libros usados, películas y música pirateadas, etc. El acceso a la cultura nunca fue un obstáculo para mí en el torbellino híbrido. De hecho, en este voluntario aislamiento acerca de lo que ocurre en el país pienso que mi gentilicio no corresponde a esa extraña e inasible nacionalidad sino al gusto y tacto que me provocó Caracas. Así es, más que un venezolano soy un caraqueño. Uno con una curiosidad insaciable por recorrer todos los países americanos para hablar con conocimiento de causa de su historia, de su presente y, por qué no, de su porvenir. 

En la medida que avanzo en años me doy cuenta de la importancia de salir de los linderos que me conformaron, de esa geografía que me enseñó a ubicar el norte a través de una montaña y así establecer coordenadas. Por eso puedo decir que si hay algo que me enseñó Caracas fue a desear, desear la compañía leal de mis amigos, desear amores, desear rutas de ciclismo, desear conocimiento, desear irme, desear estar en constante movimiento, nunca quieto. La tranquilidad era algo que no figuraba dentro de mis anhelos, incluso ahora me inquieta la posibilidad de ser un sujeto "calmo", me aterra. 

En Caracas se aprende porque se aprende, no es una ciudad para despistados. Ahí aprendí a curarme de mi agüevoneamiento innato, ese que me caracteriza como un ser al que no le importa nada sino lo que tiene en frente y además configura parte de su narcisismo existencial. Es decir, se aprende a socializar, pero no por un objetivo políticamente consciente, sino porque de no ser así te joden. En Caracas no existe la actitud ciudadana porque impera la desconfianza como única forma de apropiación del espacio, por eso importa caminar por la derecha en el Metro, cruzar la calle de un extremo a otro mientras no haya autos y si estos vienen entonces te conviertes en un experto que calcula velocidad, masa y volumen en segundos, "dale que no vienen carros", Punto. Importa tu trayecto, no el de los demás. 

Uno no se da cuenta de lo estresante que es habitar una ciudad como Caracas hasta que te logras establecer en otro lado. La improvisación, la angustia, el tráfico insostenible, la carencia de tolerancia y respeto ciudadano, el "cogeculo" del transporte público, la polarización política entre el este y el oeste, etc., son aspectos cotidianos pero no por ello menos agresivos y deshumanizantes. Lejos de mi ciudad natal, de mis espacios de identidad y de mi acento hermoso, atropellado, lisonjero, cortante y directo que es el español de los caraqueños, he aprendido a apreciar la soledad que tanto busqué entre sus calles y no la hallé, porque Caracas no se presta para esos romances, porque no le gusta la cursilería, el drama ni que le doren la píldora. 

Caracas, mi deseo de estar lejos de ti finalmente fue satisfecho. Yo ya no soy yo, aunque sí un poco parecido a lo que hiciste de mí. Esta entrada es sólo para distraerme y extrañarte menos, es quizás un aliciente para reconciliarme contigo, conmigo. 



jueves, 24 de marzo de 2016

La mirada vertical, un detalle montevideano

Desde que salí de Caracas no había vuelto a escribir en este blog. El espacio que en un principio había sido creado para meditar sobre el exilio, los reales y los del espíritu, ya no provocaba en mí la menor tentación de crear una nueva entrada.

Hace poco oía a Alfredo Zitarrosa y me embarcaba en el recuerdo de Montevideo, cuando recorrí sus calles y principales avenidas, sobre todo el espacio diminuto pero confortable de la ciudad vieja. En Uruguay todo se me hacía pequeño, conforme a la naturaleza de mis anhelos mundanos, nunca he sido de grandes metrópolis. Ahí pude experimentar lo que se siente habitar una ciudad que da hacia el Atlántico, de hecho todavía mantengo fresca la imagen de ese océano cuando vi el atardecer único e insustituible de Punta del Este. Ahí también fue la primera vez que avisté a Buenos Aires desde el estuario del Río de la Plata, me parecía increíble que una ciudad tan grande le diera la espalda a un río tan majestuoso.

Durante los días que estuve en Montevideo me hospedé en la casa de un gran amigo, antiguo exiliado que aprendió a querer a Venezuela cuando mi país recibía con los brazos abiertos a todos los que solicitaban refugio y huían de las dictaduras del cono sur, en pleno epicentro de la ciudad vieja. En mis caminatas iba observando con detalle los edificios de la primera mitad del siglo XX que abundan por doquier en esta ciudad perdida en el tiempo, un paisaje vintage que recuerda mucho la gloria de lo que una vez fue pero que hoy sólo queda un recuerdo muy fugaz. Montevideo me pareció una ciudad vieja, un sitio para pasar a retiro porque hasta los jóvenes transitan por sus veredas como si estuvieran paseando sus propios recuerdos, mientras ceban yerbamate y fuman un pucho en el malecón, cerca del parque Rodó.

En esas caminatas gustaba de observar el suelo compuesto de adoquines que de vez en cuando por el uso se rompen y no los reponen. En esos agujeros que quedan sueltos una vez que los adoquines se desprenden de los bulevares se logra apreciar una que otra intervención artística, especialmente elaboradas con retazos de azulejos, cerámicas de porcelana, restos de vasijas cocidas de barro y piedras seleccionadas que en una sola baldosa ambientan un collage elaborado por uno de los habitantes del sector. Lo anónimo del gesto de este artista clandestino hace que festeje la capacidad que tienen los seres urbanos de apropiarse de su entorno, intervenirlo a disposición y además trabajar a hurtadillas para que no quede vacío alguno que sugiera abandono o deterioro.

Justamente, el miedo al vacío es lo que mueve a este artista sigiloso que en su neurosis montevideana no es capaz de soportar la ausencia de un adoquín que rompa con la sensación coral que proporciona transitar por los bulevares de la ciudad vieja. Pero sus intervenciones no apuestan a la repetición ni al mimetismo absoluto y rígido que acompaña el ornato público; no. Las baldosas elaboradas por este anónimo responden a una visión desordenada y atrabiliaria del cosmos, aunque se aprecia un tono único e irrepetible en dichas producciones, se sabe que todas forman parte de una misma visión creativa, de unas mismas manos que las forjan con paciencia.





        En efecto, este artista no le apuesta a la uniformidad, sabe enaltecer la diversidad y además ennoblecer el aporte que produce el detalle, aunque muchas veces este pase desapercibido. Aquellas baldosas representan el deseo de permanecer en una obra mayor y colectiva que es el espacio urbano, al mismo tiempo recuerda que este no necesariamente forma parte de un diseño elaborado desde una oficina de planificación municipal sino que también se alimenta de los aportes de seres que retornan del exilio y, de forma silenciosa, afirman su gentilicio sin gritar a los cuatro vientos que ya están de vuelta. El homenaje que da ese artista anónimo a la ciudad de Montevideo me ha perseguido durante todo este tiempo, hasta el punto de ser el detalle que más valoro de ese viaje a tierras uruguayas. Gracias a este artista puedo mirar cada vez con más frecuencia el suelo que estoy pisando.  




domingo, 10 de agosto de 2014

Locke, o el resultado de lo ético

La primera escena es clave. Es de noche en alguna parte de alguna ciudad secundaria y cercana a Londres, un hombre se acerca a su vehículo, ingresa y se desmarca de los aperos del trabajo (asumo que es ingeniero o jefe de obra). En un gesto rutinario se quita el casco, los lentes y el chaleco reflector. Enciende el vehículo e inmediatamente conecta su celular al sistema bluetooth. Se pone en movimiento hasta llegar a un cruce transversal donde coloca la luz de cruce para girar a la izquierda pero el semáforo acaba de dar la orden de detenerse. Ese rojo, ese alto, fue suficiente para reflexionar y girar en sentido contrario. Este es el inicio del filme Locke (2014), dirigido por el inglés Steven Knight.

Ivan Locke es un esposo y padre amoroso, responsable de un proyecto de construcción de enormes proporciones y con la sombra a cuestas de un progenitor que lo abandonó apenas siendo un niño. Su vida es interpelada a raíz de una relación extramatrimonial de una noche, con el resultado sorpresivo de un embarazo. La necesidad de hacer lo correcto es lo que proporciona el argumento del filme, donde todo transcurre dentro del auto (representación metonímica del encierro al que es sometido el protagonista). El plano es casi secuencial, en el ínterin del desplazamiento por la autopista realiza una serie de llamadas para informar decisiones importantes: La familia (no verá el partido de fútbol con su esposa e hijos); el trabajo (no estará al mando de una importante distribución de concreto para el edificio que está construyendo, por eso delega funciones al subalterno inmediato y llama a su jefe); la infidelidad (informa a la mujer que estará presente al momento del alumbramiento). Entre esos tres aspectos transcurre la historia, mientras observamos a un Tom Hardy que deslumbra con el carácter y poder actoral que despliega en esta, quizás, su mejor interpretación.

Ivan Locke decide. En el juego de la decisión apuesta la estabilidad de su vida, el semblante de un hombre ordinario es puesto a un lado ante la coyuntura que se avecina por el nacimiento de un hijo, fruto de una infidelidad. No importa tanto el dilema moral en el cual está sumergido el protagonista sino la claustrofobia que genera, tanto a él como al espectador, la tensión que implica romper con la herencia y el pesado fardo de la memoria. El sujeto lucha, tiene un duelo con el fantasma del padre (no tiene un mandato como Hamlet sino una deshonra que reivindicar, una mácula que limpiar: el apellido en sí). La herencia es una rémora para aquellos hombres que no están complacidos con lo que le tocó en suerte, sobre todo aquello que tiene que ver con el llamado de la especie, la sangre.


El mensaje es claro: un hombre tiene hábitos simples, cotidianos, por esa causa adquiere una serie de rasgos que lo habilitan para vivir en sociedad. Esa disposición permanente a hacer las cosas es lo que diferencia al hombre de otras especies, entre tantas otras características. De tal manera que “hacer lo correcto” no tiene que ver con una revelación o don otorgado por los dioses sino por el “hábito” de siempre llevarlo a cabo. Por eso lo apacible del personaje del filme, la templanza en sus decisiones de vida. De eso se trata todo esto, asumimos cambios, unos adversos y otros favorables, con la venia de nuestro temperamento, el respaldo de la frecuencia, indetectable y silente pero fortalecedora, para poder ganarnos la humanidad, el ser hombres. Locke muestra que las decisiones no son delicadas ni complejas simplemente son rutinarias, tan simples como conducir un auto por una autopista. La capacidad de respuesta dependerá de lo que cuentes en tu haber. Esa es la ética. Gracias John Locke por el pragmatismo.

martes, 29 de julio de 2014

Libertador, respuesta a Tomás Straka*

Cuando vi el filme Libertador (Arvelo, 2014) no pude dejar de percibir la dualidad que vivo a diario con el cine y la historia. Al igual que Straka soy formado como historiador y logré identificar lo que él señala en la crítica de Prodavinci, de hecho la persona que me acompañó a ver el tan esperado filme tuvo que aguantar todos y cada uno de mis comentarios en la medida que iba transcurriendo la trama. Sin embargo, difiero en algo fundamental de lo que escribe mi respetado y admirado Straka: el cine es cine y el discurso histórico es el discurso histórico. Como cinéfilo que soy trato de distinguir cuándo me están contando una historia que procura cuidar detalles para aproximarse a lo ocurrido o, en su defecto, cuándo se aleja de la veracidad (que no es igual a la verdad) e inventa una serie de imprecisiones en torno a una época o personaje. Esto último es lo que sucede con la mentada película de Arvelo.

Entiendo el celo profesional de Straka, sin embargo el rigor histórico no es lo que caracteriza precisamente a la cinematografía, a riesgo de convertirse en un bloque muy pesado de referentes y pies de páginas. Cambiaré el tono, empiezo por tutear al autor de la semblanza de Prodavinci, Tomás. A ver, Tomás, ya nos conocemos y hemos compartido en varias oportunidades, hasta te invité a una de las clases de historia en la UCV, ¿recuerdas? Así como disfruté de tu artículo y lo celebro, ahora deseo responderte.

Los protocolos del cine están supeditados y restringidos a un formato de presentación muy rígido, en él operan innumerables aspectos, el mayor de ellos es el económico. En este sentido, el tiempo es importante para un filme; dos horas es lo estipulado para un largometraje y el director debe hacer esfuerzos descomunales en el proceso de edición para que su trabajo no quede interrumpido de forma abrupta y permita una armonía, un cuadro en movimiento que se aproxime a lo que ideó en un principio. Arvelo es un director de grandes dimensiones, su trabajo en el cine venezolano constituye un referente importante desde las aulas de clase en la Universidad de Los Andes, no es un historiador. El discurso histórico forma parte de una labor distinta a la de producir cine, aunque ambos se complementan. No obstante, la meticulosidad de la investigación histórica requiere de una metodología que no sólo fomente la escritura sobre los hechos a la luz del soporte documental sino también debe ser capaz de articular la dureza del dato a la sutileza de un lenguaje flexible y no por ello en detrimento de la disciplina.

Tomás, suscribo tus críticas en torno al tratamiento de algunos hechos tratados en el filme de Arvelo pero percibo mucha arrogancia en la manera como sentencias algunas cosas. Algo que he detallado en este proceso de polarización por el cual estamos atravesando es el registro del lenguaje cuando se habla desde la academia, o desde la intelectualidad. Lo que más resiento en todo tu artículo es la subestimación que haces del espectador venezolano. En efecto, no te culpo porque quizás estés suscrito a la teoría de McLuhan (cito de memoria: “El medio es el mensaje”), pero no puedo pasar por alto la importancia que tiene la sensibilidad del público cuando se trata de cualquier medio informativo porque corremos el riesgo de seguir usando parámetros excluyentes que nos separan como sociedad y nación. Pienso que al criticar el filme de Arvelo y ponerlo en diálogo con el de Luis Alberto Lamata, Bolívar, el hombre de las dificultades (2013), más que hacer un balance que dé cuenta de la “verdad histórica” inscrita o no en ambos, circunscribes esa polarización que tanta mella ha hecho en nuestro proceso democrático. Tomás, el público (tú y yo incluidos) no es tonto, y no podemos desprendernos de la piel contemporánea porque eso sí sería una negación del tiempo.

Como profesores y académicos sabemos la importancia del conocimiento y sus implicaciones en el espectro social, sobre todo para la ampliación de los valores democráticos que tanto requieren de nuestro fortalecimiento. De vez en cuando vale la pena sentarse a disfrutar de una historia que por lo menos intenta reconstruir el tejido del país, con el objetivo de explorar el beneficioso placer de formar parte de una comunidad. Vamos a darle una oportunidad a la ficción, el público sabrá agradecerlo y estoy seguro que no va a salir de la sala de cine echando el cuento de un Bolívar guerrillero. Es más, ¿recuerdas el texto de Miguel Acosta Saignes que coloca a Bolívar a tono con las teorías marxistas del momento? La misma historiografía da muestras claras de una producción supeditada al fervor del momento, así que la “verdad histórica” seguirá en el plano de la dialéctica hegeliana, menudo favor que se le hace a la humanidad si no sería imposible el cambio. Como apunta Gerhard Masur: “…El historiador elige los acontecimientos que le parecen más importantes y los ordena hasta formar un cuadro completo. Su criterio no es y no debe ser puramente científico; debe ser también sugestivo y artístico. De otro modo, queda sumergido en los hechos y es, cuando mucho, un cronista.” (XXVIII: 1987). Precisamente, lo que hay que rescatar del filme de Arvelo es el intento y trabajo en equipo llevado a cabo para contarnos una historia que emociona, aunque conozca las imprecisiones. Al emocionarnos con una película sobre Bolivar, Tomás, estamos correspondiendo a un imperativo que es más importante que ser de oposición o chavista: ser ciudadano, formar parte de una nación que ayudaron a crear otros hombres. Estar conscientes del pasado ya es un triunfo que se le suma al espectador, aunque no haya leído las biografías más rigurosas y confiables de la acción histórica de Bolívar. 

*Artículo completo de Tomás Straka: http://prodavinci.com/2014/07/28/artes/bolivar-dos-peliculas-una-epopeya-por-tomas-straka/ 

martes, 24 de junio de 2014

La postergación

“Nos llegó el final, todo se termina tarde o temprano”, se oye en la voz hermosa de Yasmin Levy y desde tiempos oscuros, de persecución, exilio y muerte, llega su acento sefardí contenido en unas notas de neo-flamenco. Así ocurre cuando te sorprende una madrugada del alma, o de insomnio. Entonces me viene a la mente una idea que desde hace mucho estoy rumiando: la inscripción de la historia sobre los cuerpos.

El tiempo se inscribe en los cuerpos y sobre estos va determinando una talla implacable que manifiesta deuda, deuda por el dolor, deuda por el sacrificio, deuda por la esperanza mantenida en promesas incumplidas. Ese estado de insolvencia mantiene a la feligresía de los nuevos evangelios en emergencia, en apostasía, en lealtad ambigua. Esas nuevas promesas no son tan fáciles de sostener porque la expectativa no está en la eternidad sino en la necesidad de quien padece el hambre y concreción de una solvencia traducida en vida.

El evangelio de la Modernidad es una promesa insatisfecha, un cheque en blanco al sacerdocio del mercado, la demagogia y los excesos del poder. El tiempo corre y la empresita de la identidad, la construcción de naciones, la reivindicación de la justicia y la inclusión de los pobres sigue aumentando en la columna del debe de la historia de la infamia.

Quizás la nocturnidad opaque la lucidez de mis letras pero no soporto la dilación de las deudas. Tiempo presente, págame. Paga también al sefardita, al indio, al negro, a la mujer, al homosexual, al caído de este vía crucis infinito, antes de que la insolvencia de tu mezquindad nos haga polvo de olvido. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

¿Una mala transacción?


     Cuando tenía 14 años tuve la idea de vender mi guante de béisbol y con el dinero adquirido me fui a comprar unas cintas magnetofónicas al Centro Comercial Paseo Mirandino, ubicado en Los Teques. Me gustaba pasear por la ciudad y ver vitrinas, pero lo que más disfrutaba era cuando entraba a un establecimiento de pequeñas tiendas de economía informal e iba al puesto de ventas de casetes, todos copiados y con un repertorio musical que hasta ese entonces me parecía universal: Queen, Megadeth, Nirvana, Metallica, Rolling Stones, Abba, The Beeges, Iron Maiden, Sting, The Police, Phil Collins, Van Halen, AC/DC, The Beatles, Guns & Roses, Pearl Jam, Zapato 3, Desorden Público, Sentimiento Muerto, Génesis, Elton John, Scorpions, etcétera. Aún no tenía un género por el cual pudiera decir que sentía una identificación, salvo por los grupos Nirvana, Pearl Jam y, de forma incipiente, Green Day, todos de la movida Grunge tan significativa para quienes éramos adolescentes en los noventa. Desde ese entonces he pensado firmemente en el potencial de promoción cultural que encierra la piratería, sin la copia ilegal nunca hubiera tenido acceso a todo el repertorio musical y cinematográfico que he oído y visto. 

      La música me atrapó, me sedujo con su poder melódico y fuerza inspiradora. Aunque no soy músico y jamás pude aprender a tocar un instrumento considero que mi apreciación musical no es nada deleznable; hasta hice el curso de Apreciación Musical del maestro Calcaño, una edición en disco de acetato que fue distribuida en ocasión especial por el Cuatricentenario de la ciudad de Caracas. Desde que era un niño he sentido una inclinación hacia lo sublime que se encuentra a ráfagas en una nota. Sé que la música es el arte más efímero, pero no por ello el menos importante. De hecho la música es el gran arte. Lo anterior es una de esas afirmaciones que acostumbro a declamar en público y me hacen ver como un sujeto autoritario, casi despótico: "¡Pienso que en la música no hay medias tintas.Y punto!". 

      Cuando empecé a ver películas, mi otra pasión artística, lo hice atraído por la música. Aún recuerdo las bandas sonoras de los Cazafantasmas, Volver al Futuro, Los Gremlins, Una historia sin fin, La Guerra de las Galaxias, Indiana Jones, por decir sólo algunos títulos. Todas las escenas que recuerdo de esos filmes de mi niñez están acompañadas de una canción o melodía que mi memoria logra referenciarlas en el acto. A los 12 o 13 tuve mi primer contacto con la música académica, esa que mal llaman “clásica”. Vivaldi fue el compositor con el cual inicié la aventura de las grandes composiciones, quizás de ahí mi inclinación por El Barroco
 
      En fin, con el dinero de la venta del guante pude adquirir una pequeña compra de casetes de música clásica, entre los compositores estaban Schubert, Mozart, Verdi, Haydn, Schumann, Haendel y Chopin. Barroco, Clasicismo y Romanticismo estuvieron acompañándome durante mis turbulentos años de adolescencia, durante mis desamores y desencuentros con la realidad de ser un sujeto aislado y distinto al resto de mis compañeros de curso, a mis vecinos e incluso mi propia familia. El arte me enseñó a nunca estar solo. La aproximación a la lectura ocurrió poco tiempo después, en un gesto de bautismo trinitario (música, cine y literatura) que ha signado mi vida desde entonces. 


      La música ha sido mi mentora en ese largo trayecto de educar a un hombre y formarlo en la sensibilidad, la sensatez y el sentimiento. No ha sido fácil el camino que he recorrido a través de ella, no todo el tiempo he tenido buen gusto y en ocasiones hasta me sorprendo cuando tarareo alguna nota que no va acorde con mi propia historia musical (no mencionaré géneros o artistas, así no me pillan desprevenido). A estas alturas me pregunto si fue un buen negocio haber vendido ese guante de béisbol.