jueves, 4 de enero de 2018

Coordenadas para sobrevivir en el exilio

Una vez oí hablar a un grupo de psicólogos sobre la resiliencia y los cambios que opera un sujeto cuando ve cómo su zona de confort es allanada por retos y desafíos imprevistos. Durante un tiempo de mi vida apelé a los recursos del psicoanálisis para comprender mi entorno; fue así como empecé a leer a Jung, Freud y Lacan, en ese orden. Casi como los estadios históricos que compuso Comte para comprender los cambios registrados en la conciencia humana: etapa mística y religiosa, etapa racional y, por último, no sé, etapa cínica tal vez. Es curioso que me haya detenido en Lacan para darme cuenta de lo baladí que a veces puede ser el discurso teórico cuando este se toma como la perspectiva que ilustra y da categorías unívocas de interpretación. Ya sé que el error es de los que leemos estos recursos, pero no por ello deja de ser cierto que no se puede andar por la vida condicionando la realidad como si fuéramos personajes de un filme de Woody Allen. La neurosis es libre, ciertamente, y decido retomar mi diván por excelencia para entrar en contacto con mi cuerpo y psique: el ciclismo. 

Ahora recuerdo uno de los motivos que me interpeló para conformar un blog. Una vez viajé a la Colonia Tovar, fue una Semana Santa, con un grupo de conocidos que formaban parte del séquito de la persona con la que mantenía una relación amorosa en ese entonces. Mi situación era buena, me encontraba en pleno desarrollo profesional y me sentía orgulloso de los logros obtenidos: era un profesor en una prestigiosa universidad de mi país y la fortuna me sonreía en todo sentido. En las discusiones que sosteníamos en la cabaña donde nos hospedábamos resaltaba el tema de la emigración. Acá hago un paréntesis: soy el vivo ejemplo de la historia de la humanidad, una que ha sido construida a base de flujos migratorios y desplazamientos por motivos de tensión en distintos lugares. Soy el resultado de un azar que conjugó migración puertorriqueña, colombiana, brasilera, venezolana y española en la ciudad de Caracas. Treinta y siete años después estoy en Quito escribiendo estas notas para evaluar y también honrar ese legado. Volvamos al orden del discurso. Decía que en aquella reunión hablábamos de la emigración y sus implicaciones. La mayoría de los presentes se oponía a esa opción, en ese entonces la situación del país no era tan crítica, sólo una inestabilidad política y económica para algunos, incluyéndome. Yo, en cambio, decía que la emigración era importante, que esta constituía uno de los baluartes de la historia de la humanidad y que sin ella era difícil identificar cambios positivos. No había cabida para mi pensamiento en ese espacio, todos eran fervientes patriotas y nacionalistas que consideraban que su terruño era propicio para cualquier impulso o iniciativa de "emprendimiento", como gustan de llamar a las propuestas o planes personales hoy en día. El asunto es que la persona con la que salía me dijo en tono despectivo que mi inconformidad con la existencia podía verterla en un espacio como este. Ahora recuerdo que fue su desplante y actitud poco empática lo que me llevó en parte a escribir aquí. Por cierto, todos los que estaban en aquel encuentro actualmente se hayan fuera del país. 

Pero, ¿por qué cuento esto? Porque intento darme respuesta a mi situación migratoria. No sé para quién escribo, a veces me da curiosidad, pero otras simplemente pienso que es mejor dejar que las ideas sean arrojadas al viento con la esperanza de que algún día alguien las tome y las convierta en un motivo cualquiera. A fin de cuentas, de eso se trata escribir: hacer de la soledad una vía creativa. La migración me ha dado la oportunidad de experimentar un exilio verdadero, algo radicalmente distinto a la situación de inxilio que experimentaba a diario en mi entorno de origen. En un viaje emprendido por Estados Unidos, Steinbeck afirmaba lo siguiente: "Después de la comodidad y la compañía de Chicago yo había tenido que aprender otra vez a estar solo. Lleva un tiempo." (2014, p.146). Es así, lleva un tiempo acoplarse de nuevo a la soledad, sobre todo cuando la perdiste de vista durante esa prolongada estancia a gusto con tus familiares y amigos. Es irónico, pero en esta lejanía tuve que aprender a lidiar y renovar los lazos con un sujeto inconforme, caprichoso, insatisfecho, tozudo como ninguno: yo-mismo. 

Esta reconciliación, paz extraña en medio de una guerra civil permanente, me ha brindado la oportunidad de entender que me encuentro en una situación particular pero edificante. Se trata de la peculiar realidad de vivir en un estado permanente de viaje, de exploración de nuevos escenarios. Soy un Ulises que ansía retornar a su hogar, pero no uno establecido sino otro por venir. Mientras tanto, este Ulises anda disperso, distraído, y no repara en continuar así porque nadie me espera. Bueno, sí. Me esperan nuevos caminos por recorrer. Esta incertidumbre no tiene que convertirse en agonía. Viajar con la seguridad de volver es una sensación que ya no percibo, ese es mi desafío, la odisea personal.

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